¿Trabajas para vivir o vives para trabajar?

¿Por qué nos levantamos cada mañana de la cama para ir al trabajo en lugar de pasar el día recreando nuestra mente y nuestro cuerpo con experiencias placenteras? Vaya pregunta más estúpida, ¿no? Vamos cada día al trabajo porque tenemos que ganarnos la vida. Pero lo más paradójico del tema es que el dinero casi nunca aparece como la principal razón cuando le preguntas a las personas por qué elegirían su profesión o trabajo ideal. La relación de motivos suele venir encabezada por atributos como “me divierte”, “aprendo y me desarrollo”, “ha sido mi pasión desde que era niño”, “hago cosas muy interesantes”, “me siento auto-realizado”, “estoy contribuyendo a mejorar la vida de las personas y hacerlas más felices” o “soy partícipe de algo con verdadero significado”. La lista sería interminable pero llena de motivos convincentes y muy coherentes con la naturaleza humana. Sin embargo, si observáramos la jornada laboral de millones de personas en todo el mundo, veríamos que solo unos pocos privilegiados están viviendo una experiencia laboral con este tipo de atributos. Si buscáis en Google “cuántas personas son felices en su trabajo” encontrareis varias noticias que aluden a informes que concluyen que la cifra se queda en un pírrico 13%-26%.

La cruda realidad es que la mayoría de los mortales trabajan para vivir, es decir por la nómina a fin de mes, pero su aspiración vital sería la de vivir para trabajar, pues una experiencia laboral dotada de los atributos correctos es uno de los pilares fundamentales de auto-realización del ser humano, y por tanto, de alcanzar sus anhelos de felicidad. Y no tenemos que restringir esta aspiración a un selecto grupo de profesionales cualificados, hasta una persona que levanta un muro no desea adelgazar su alma a costa de engordar su cuenta corriente.

la felicidad en el trabajo - proposito

¿Cuál es la razón de está insana realidad? Como en otros muchos problemas tan globales y estructurales, la raíz debemos buscarla en los “neuro-gusanos” que genera la “tecnología de las ideas” según la define Barry Schwartz en una charla en TED titulada “The way we think about work is broken“. A lo largo de historia de la humanidad se ha repetido un patrón muy habitual basado en que algunas mentes creativas e ingeniosas conceptualizan y divulgan una idea, que por muy estúpida que sea, se va transmitiendo, configurando nuestra mente y acaban formando parte de la verdad colectiva y de lo que somos como individuos y como sociedad. Lamentablemente, la felicidad en el trabajo sigue colonizada por algunos “neuro-gusanos” tóxicos que ha modelado la vida de millones de personas durante décadas e incluso siglos. Pero tenemos que ser más optimistas, pues afortunadamente se está empezando a consolidad un nuevo modelo de felicidad en el trabajo mucho más acorde con la esencia del ser humano y sus aspiraciones vitales. Repasemos de donde venimos y a donde podemos ir.

La felicidad en el trabajo es un trabajo para toda la vida

la felicidad en el trabajo - trabajo estableEchemos la vista atrás por un momento y volvamos a las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX. Tras un periodo de varios conflictos bélicos en una buena parte del mundo las personas ansiaban la estabilidad por encima de todo. Las instituciones en forma de grandes corporaciones o administraciones públicas representaban seguridad y ausencia de riesgos. Todo el mundo aspiraba a buscar un trabajo estable en una gran institución y las reglas de trabajo eran pocas y sencillas. El espacio laboral se limitaba a las instalaciones de la empresa, las responsabilidades eran individuales, las tareas a realizar muy específicas y se sabía perfectamente a qué hora había que fichar a la entraba y a la salida del trabajo. Cada trabajador aspiraba a ser un buen empleado respondiendo sin la más mínima fricción a las jerarquías y a las cadenas de mando lineales. El leit motive era mucha disciplina y honradez. Al mismo tiempo, la estabilidad en el trabajo iba ligada con poco cambio y una vez que decidías hacer carrera en una compañía, la decisión solía perdurar para el resto de tu vida. La gente con más experiencia y de mayor edad enseñaba a los jóvenes, de tal manera que todo el crecimiento profesional se daba dentro de la empresa. Tener un empleo garantizaba un estatus social y era el primer paso para casarse y formar una familia nueve meses después. La vida profesional no se mezclaba con la vida personal y familiar, estando prohibido traerse el trabajo a casa. Se trabajaba mucho, se aguantaba mucho y se hacía la pelota mucho, pero era la única fórmula para asegurar la estabilidad y el bienestar de la familia. En este modelo, el éxito profesional venía con el tiempo y en general tardaba muchos años en llegar, casi al mismo tiempo que el reloj o la placa que te regalaba la empresa en el momento de tu jubilación.

La felicidad en el trabajo es ganar mucho dinero rápidamente

la felicidad en el trabajo - dineroEn los años 80-90, la llamada Generación X, redefinió el modelo entre trabajo y felicidad. El perfil que todo el mundo admiraba era un ejecutivo seguro de sí mismo, agresivo, extrovertido y muy competitivo. Hollywood lo representó a la perfección en la figura de Gordon Gekko en la película Wall Street. El personaje que interpretaba Michel Douglas nos dejó perlas para el recuerdo como: “Si quieres un amigo te compras un perro”, “La codicia clarifica y capta la esencia del espíritu de la evolución” o “Lo que importa es el dinero, el resto es conversación”. El éxito personal se mimetizaba a la perfección con el de hacerse rico rápidamente y para ello había que tener un desarrollo profesional exponencial, llegar lo antes posible a la cima y posteriormente obtener la correspondiente recompensa económica en forma de grandiosos bonus y suculentos planes de stock options (al margen de todas las argucias especulativas que pudieras emplear para dar el “pelotazo”). Todo el mundo se obsesionaba por encontrar el camino que rápidamente te llevara a la cúspide. Ya no era necesario peinar canas para ser un ejecutivo de alto nivel porque el talento y la meritocracia empezaron a desplazar a la antigüedad y los años de experiencia. El entorno de trabajo se hizo extremadamente competitivo y había que perfeccionar un gran talento con algo más. Los MBA empezaron a ser un ingrediente indispensable en los currículos para empezar a jugar el partido y sacar ventaja a tus competidores. Los trajes caros y la gomina eran la estética dominante. El Arte de la Guerra de Sun Tzu era el libro que había en la mesita de noche de todo ejecutivo de éxito. La cultura de trabajo tenía tintes muy individualistas pero al mismo tiempo el plano social cobraba relevancia. La jornada laboral no se limitaba al horario de oficina y se extendió al “happy hour” donde los jóvenes ejecutivos comenzaron a hacer “networking” alrededor de una copa al salir de la oficina. El icono de superación tomó forma de “workaholic” y era admirado por su éxito, su poder y su “sex appeal”. Ganaba el que primero llegaba a la mesa del Comité de Dirección o a la sala de juntas del Consejo de Administración. A partir de ese momento se podía empezar a disfrutar de los placeres de la vida en forma de un potente coche deportivo, un ático en el centro de la ciudad o la entrada a un elitista club social donde jugar al golf los fines de semana, es decir, para gastar dinero en cosas que no necesitas pero con las que impresionas a personas que no le importas.

La felicidad en el trabajo es cambiar el mundo

la felicidad en el trabajo - steve jobsAfortunadamente esta emergiendo una filosofía mucho mas humanista, en el que el dinero tiene un propósito más elevado que simplemente el de ganarlo a toda costa. En la actual economía creativa y en pleno boom de una cultura emprendedora, se está dibujando un nuevo paradigma de éxito: “have fun, work hard, change the world – diviértete, trabaja duro, cambia el mundo”. Desde hace unos años, muchos jóvenes con talento no se obstinan por llegar al Comité de Dirección de una gran corporación sino que para ellos es más importante el propósito de lo que hacen, disfrutar con su trabajo y no fijarse metas concretas en un mundo en constante cambio y disrupción. La felicidad es un ingrediente fundamental en sus vidas y las empresas en las que trabajan acaban contagiándosela a sus clientes. Todo se encaja dentro de un propósito en la vida, no en un mero plano profesional donde sólo se trabaja para ganar dinero. En este contexto, el marco laboral dentro de las cuatro paredes de la oficina se está empezando a quedar obsoleto. Flexibilidad, autonomía, libertad, adaptación y aprendizaje continuo es el camino a seguir en un mundo escrito en código abierto, en continua versión beta, donde todo es mejorable y en el que existen posibilidades infinitas de crear algo nuevo y disruptivo para mejorar el estilo de vida de las personas. Como era de esperar, Hollywood ha retratado esta nueva realidad, al igual que hizo con Wall Street en los años de gloria del ejecutivo agresivo. En la película La Red Social, que narra cómo Mark Zuckerberg creó Facebook, podemos encontrar algunas píldoras que reflejan un espíritu diferente al mero hecho de ganar dinero. “Napster no fue un fracaso. Cambié la industria musical para bien y para siempre. Tal vez no fue un gran negocio, pero enfurecí a mucha gente”, “La capacidad de ganar dinero no impresiona a nadie aquí”. Los ejecutivos agresivos han sido desplazados de la iconoclastia del éxito por emprendedores de éxito como Amancio Ortega de Zara, Steve Jobs de Apple, Jeff Bezos de Amazon, Mark Zuckerberg de Facebook, Reed Hastings de Netflix, Tony Hsieh de Zappos, Richard Branson de Virgin o Sergey Brin y Larry Page de Google. Ellos y sus equipos han creado empresas de éxito donde las personas trabajan con un propósito más humano que simplemente el de hacer fortuna.

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la felicidad en el trabajo - confucioLa felicidad en el trabajo exige que exista harmonía entre lo que sentimos y lo que hacemos. El dinero es sólo un parte de lo que motiva a una persona en su trabajo. Es lo que los psicólogos denominan la motivación extrínseca pues proviene de elementos externos a la persona como el salario, el bonus o los ascensos. Pero hay otro tipo de motivación, la intrínseca, que emana del interés de la persona por lo que hace y del impacto que tiene el trabajo que realiza. Por tanto, tenemos que ser capaces de alinear nuestro trabajo con un propósito superior a nosotros mismos que obviamente es algo más trascendental que la nómina a fin de mes. Ese propósito es el que te nos hará saltar de la cama cada mañana con un sonrisa y cargado de energía para enfrentarte con decisión a cualquier reto o problema, sea de la dimensión que sea, dando lo mejor de ti mismo para hacer algo que importa. Tenemos que humanizar por qué hacemos lo que hacemos con atributos como felicidad, ayuda, amor o solidaridad. Las empresas han tratado de motivar a sus equipos con objetivos escritos en términos de eficiencia, valor, crecimiento o diferenciación. Cuando una persona trabaja por un propósito transcendental puede ser mucho más motivador que el meramente salarial. Cuando encontramos un propósito en la vida por el que luchar nos genera la energía necesaria para vivir para trabajar.

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