El hombre más feliz del mundo

¿Una exitosa carrera profesional? El hombre más feliz del mundo es un científico francés que tiene un doctorado en biología molecular por el Instituto Pasteur pero que abandonó su carrera científica para dedicarse a la práctica del budismo tibetano.

¿Un impresionante chalet enfrente de la playa? El hombre más feliz del mundo prefiere vivir en un monasterio alejado de las masas, situado en cualquier lugar recóndito de la India, Bhután, Nepal o Tibet que sólo abandona para dar conferencias por el mundo sobre el bienestar y la felicidad y promover proyectos humanitarios.

¿Una cuenta corriente de seis ceros? El hombre más feliz del mundo no tiene bienes materiales y dona todos los beneficios millonarios obtenidos de la venta de sus libros a obras de caridad (se han vendido millones de copias en todo el mundo y han sido traducidos a una decena de idiomas).

¿Un matrimonio feliz y una intensa vida sexual? El hombre más feliz del mundo no tiene pareja ni actividad sexual desde los 30 años.

Ni éxito profesional, ni grandes posesiones, ni una pareja espectacular, ni sexo a raudales. El hombre más feliz del mundo carece de todas las cosas que la inmensa mayoría de las personas persiguen y anhelan en su viaje perpetuo hacía la felicidad. Sin embargo, Matthieu Ricard, es según la ciencia el hombre más feliz del mundo. Este parisino nacido en 1964, creció rodeado de un ambiente intelectual y artístico. Su padre fue un reconocido escritor y filósofo, mientras que su madre fue una exitosa pintora surrealista. Tras terminar su doctorado, todo indicaba que tendría un futuro prometedor en el campo de la biología y la genética celular. Pero tras leer algunos textos budistas decidió que no quería pasar el resto de su vida dentro de un laboratorio de investigación y partió hacia el Himalaya. Cambió el microscopio y las probetas por la meditación y el estudio, lo que lo convirtió en el único europeo que habla tibetano clásico. Se hizo discípulo de Kangyur Rinpoche, un maestro de una ancestral escuela budista de la tradición Nyingma. Desde entonces, ha dedicado sus esfuerzos a completar la visión de Rinpoche con el objetivo de explorar la felicidad a través de la meditación. En 1989 conoció al Dalia Lama y se convirtió en uno de sus principales asesores. Paradójicamente, el Dalai Lama se había interesado por los análisis científicos sobre la meditación e invitó a unos investigadores a que examinaran el cerebro de Ricard.

El estudio fue dirigido por Richard J. Davidsonprofesor de la Universidad de Wisconsin, y los resultados concluyeron que el cerebro del parisino funciona de manera muy diferente a la del resto de humanos. Le hicieron resonancias magnéticas y conectaron el cerebro de Ricard a 256 sensores para detectar su nivel de estrés, irritabilidad, enfado, placer, satisfacción y otras muchas emociones diferentes. Los datos se salieron de las gráficas dando unos resultados que nunca habían sido encontrados previamente en la neurociencia tras haber realizado el mismo estudio en cientos de personas. Todo concluía que era la persona más feliz jamás descubierta por la ciencia y los medios de comunicación no tardaron en bautizarlo como el “hombre más feliz del mundo”. En concreto, el cerebro de Mathhieu Ricard mostraba mucha más actividad en la corteza pre-frontal izquierda, que los científicos asocian con los niveles de bienestar y felicidad de las personas.

Por tanto, el estudio Davidson concluyó que nuestro cerebro tiene una elevada plasticidad y que podemos alterar nuestras emociones a través de ejercicios como la meditación practicada por Ricard. Este descubrimiento científico evidencia que el ser humano tiene la capacidad de desarrollar, entrenar y mantener en forma su felicidad. Al igual que entrenamos cualquier músculo con ejercicio físico, podemos entrenar a nuestro cerebro para alejar los pensamientos negativos y concentrarse en los positivos. El propio Ricard suele decir que nuestros sentimientos negativos hacia otras personas muchas veces no están justificados, sino que los creamos nosotros mismos como respuesta a nuestras propias frustraciones. Y ése es uno de los impulsos que el monje francés piensa que hay que aprender a controlar si se quiere ser feliz.

¿Nos estamos equivocando con nuestro planteamiento vital? ¿La felicidad subyace escondida en los bienes que acumulamos, las experiencias que vivimos o el poder que ejercemos, o está atrapada en el fondo de nuestro cerebro? ¿Si todos fuéramos capaces de controlar nuestras emociones negativas, sería posible un mundo rebosante de buenas maneras, buenos sentimientos, mucha empatía y alta dosis de perdón? Quizás todas estas ideas sean demasiado utópicas en una sociedad que tras miles de años de evolución no ha conseguido erradicar ni por asomo los malos rollos, las envidias, los conflictos, la violencia o las desigualdades. Pero seguro que no nos vendría nada mal cambiar alguna hora de ver la televisión por algún ejercicio mental como la meditación que practica Ricard, pues paz interior y sabiduría se antojan como dos ingredientes básicos para ser feliz.

Al menos, merece la pena echar un vistazo a esta charla que hizo en TED sobre ¿Qué es la felicidad y cómo podemos obtenerla? Además este científico-monje, aparte de ser el hombre más feliz del mundo, es bastante divertido y ameno de escuchar. Ser felices  🙂

 

 

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